Sabía que algún día se iban a enterar del blog y también sabía que no lo iban a tomar muy bien. El miércoles estaba muy concentrada en mi escritura, cuando el director del diario entró a la oficina -compuesta por cuatro ambientes, situada en el tercer piso de un edificio como tantos, ubicado en el medio de la Recoleta-. Lo vi pasar y me pareció que estaba un poco más fastidioso que de costumbre, pero no le di mucha importancia y me dispuse a terminar el apasionante artículo que estaba escribiendo. Él caminaba con sus tacos, entraba a la habitación donde trabajan los diseñadores, iba a su despacho, salía, fumaba, sacaba su celular, lo tiraba en la mesa; todas cosas sin importancia pero ruidosas. Hasta que en un momento salió de su cubículo, me miró y antes de que yo ofreciera algún indicio de que estaba dispuesta a entablar un diálogo, soltó un seco “leí tu blog”.
Él y yo sabíamos que iba a ser el último enfrentamiento -yo ya tenía lo suficiente como para considerarme despedida e iniciar acciones legales-, así que no hacía falta la diplomacia.
-Vos hablás por la espalda, buscás mugre para contársela a tus compañeros -me dijo.
-Vos me hablás de que tenemos que ser “objetivos” y cuando escribimos algo que molesta a alguno de los conocidos de Santiago lo bajás -respondí-. ¿Para qué sos el director del diario? ¿Para hacer lo que te dice él?
-Vos decís que me pagan para que no proteste, que estoy resignado, que le festejo los chistes a Santiago -bien, se ve que leyó todo el blog-. Yo sé muy bien cuál es mi trabajo, sé lo que puedo hacer y lo que no, y lo que puedo hacer intento hacerlo dignamente.
-Bueno, tu idea de dignidad debe ser un poco diferente a la mía.
De los tres compañeros que presenciaban la discusión, sólo una chica sabía de qué estábamos hablando; pero los tres miraban con ojos de búho. Después de un par de minutos, los tópicos de la discusión ya se estaban repitiendo un poco. Pero en un momento me dijo algo que no puedo decir que yo misma no me había preguntado:
-Ahora, si todo es tan malo como decís, por qué seguís acá.
En ese momento le contesté “porque es un trabajo y de algo hay que laburar”, pero después me puse a pensar, porque no tenía una respuesta que me dejara satisfecha.
Ahora tengo una hipótesis; dos, en realidad: una de por qué no me había ido antes y una de por qué decidí irme ahora. La idea que tenían para el diario me parecía una falta de respeto a la inteligencia del lector, el trabajo tampoco me entusiasmaba mucho, el sueldo era una miseria y las pocas ilusiones que en algún momento tuve de que algo de eso cambiara se me fueron antes de que terminase el segundo mes. Pero yo crecí en los 90 y empecé a buscar trabajo en el 2002. Para mí, es muy -muy- difícil dejar un laburo. Dicen que la última dictadura nos dejó como herencia la falta de compromiso político. Bueno, a mí la década pasada me dejó un pánico frenético al desempleo. Pero el miércoles primó un miedo que me asusta todavía más: despertarme un día, con 30 años, y caer en la cuenta de que estoy tan habituada a flotar entre la mierda que ya ni le siento el olor.